Cuentos
La anciana y la niña

En estos días, no hace mucho tiempo, una niña vivía encerrada en su cuarto imaginándose lo bien que lo pasaría en una de esas fiestas que hacían los adultos.

Ya no le gustaba jugar con sus amiguitos, había olvidado sus
muñecas y no le interesaban los cuentos y las cosas de niños. Quería ser grande y disfrutar de todas esas diversiones de los mayores.

Un día, después de pasar horas mirando unas revistas de su mamá donde aparecían fotografías de fiestas espléndidas de la alta sociedad, decidió pedirle un deseo a una de esas hadas madrinas que andan deambulando por allí sin hacer nada.

Esa vez nada pasó pero cada noche miraba el cielo y rogaba a
ver si uno de esos seres mágicos se detenía a escuchar sus pensamientos.

Su deseo siempre era el mismo: que todas las noches pudiera ir a una gran fiesta. Quería bailar, reír, conocer muchos jóvenes, divertirse de la misma manera que lo hacían los adultos. Acodada en la ventana se quedaba hasta tardísimo suspirando por esa vida.

Después de pasar varias noches en eso se le ocurrió que debía pedirle su deseo a cada una de las estrellas que había en el firmamento pues sólo una debía ser la estrella correcta. Sólo una estrella llamaría la atención de algún hada mágica.

Así pasó horas recostada en su cama hasta que al fin cuando ya entraba al mundo de los sueños se le apareció una anciana. Al
principio la niña creyó que era una impostora. ¡No hay hadas viejas! -pensó.

Sin embargo la viejita llevaba toda la indumentaria de las hadas, hasta había en su mano una varita cuya punta brillaba con una débil luz.

-Sé bien cual es tu deseo -dijo el hada-. Desde hace tiempo que nos has atormentado con tus constantes demandas. Me han enviado para ver qué puedo hacer por ti.

La niña dudaba. Sinceramente no creía que un hada tan vieja pudiera ayudarla. Largas arrugas cruzaban su rostro. Su espalda apenas si podía soportar su propio peso. La pobre anciana daba lástima.

-Crees que no puedo -afirmó la anciana con voz temblorosa pero mirándola fijamente. Al menos inténtalo, de todos modos ya estoy aquí.

-Si sabes que es lo que quiero ¿para qué tengo que decírtelo? Concédeme el deseo y ya- contestó la niña malcriada.

-No, no, no. -repuso el hada- para que se cumpla el deseo es necesario que pronuncies las palabras, que tu misma boca diga lo que deseas.

De inmediato la niña respondió: -¡Quiero ir a una fiesta todas las noches! ¡Que sean fiestas espléndidas, donde pueda conocer mucha gente, donde se llene de alegría mi vida!

-Sólo puedo ayudarte por esta noche. Si mañana quieres ir nuevamente a otra fiesta llámame y volveré. No sé si así te conviene...

-Si, si- exclamó la niña emocionada, deseaba con toda su alma ir a una gran fiesta.

-Está bien- dijo el hada. Alzó la varita con dificultad para tocar la
frente de la niña pero de repente se detuvo- Ah! casi se me olvida, por cada noche que pases en una fiesta diez años de tu vida perderás y esos diez años serán míos- advirtió.

La niña pensó un momento. Era muy joven ¿qué importaban diez años si tenía toda la vida por delante? Además, su deseo de ir a la fiesta era superior a cualquier otra cosa.

-¡Hazlo, hazlo! -insistió la niña- no me importa lo que cueste.

De inmediato se vio en medio de una mansión inmensa. Había muchas personas. Caballeros distinguidos y educados, damas bellas y elegantes. Ella, entre todas, destacaba por su atuendo de finísimas telas y por la increíble belleza de las joyas que la adornaban.

Se sentía como una princesa de esos cuentos que hacía tiempo había dejado de leer. Muchos jóvenes galantes la requerían para bailar y charlar. Y bailó, bailó, bailó toda la noche entre las luces multicolores del extenso jardín.

Al amanecer se halló en su cama de siempre. Despertó con una sonrisa en los labios. ¡Cómo se había divertido en aquella fiesta exquisita! Sin embargo, cuando se miró en el espejo notó que ya no era una niña sino una joven, casi una mujer.

Esa noche fijó su mirada en la estrella secreta con la intención de pedir nuevamente el deseo, pero nada pasó. Sólo mucho más tarde, cuando dormía sintió una mano sobre el hombro. Era el hada. La joven se levantó rápidamente.

-¡Quiero ir de nuevo a una fiesta! -exclamó-.

-De acuerdo -respondió el hada- pero recuerda que te costará otros diez años de tu vida.

En ese momento la joven se dio cuenta de que el hada ya no era una anciana sino una señora un poco mayor.

-¡No me importa, quiero ir a otra fiesta aun más extraordinaria que la de anoche! ¡Quiero, quiero!

Y la joven volvió a otra fiesta. Una fiesta mucho mejor que la de la noche anterior. Allí se divirtió tanto, bailó tanto, tanto que cayó rendida en medio del salón y no supo más de sí.

Cuando despertó al día siguiente ya era toda una mujer. Pero, no se sentía agotada, al contrario sus deseos de ir a otra fiesta todavía más maravillosa eran incontrolables. Con ansiedad esperó la llegada de la noche. Y pidió el mismo deseo al hada aunque le costara diez años más.

Lo mismo sucedió la noche siguiente y la siguiente y la siguiente. Y ya la niña era casi una anciana, mientras que el hada se había convertido en una joven hermosa y radiante, llena de vida.

Pero la ancianita que días atrás había sido una niña no deseaba ir a
ninguna fiesta. Estaba tan fea y arrugada que nadie quería bailar con ella,además se cansaba muy pronto. Entonces se arrepintió de haber entregado su vida tan rápido. Y se durmió llorando inconsolable en su cama.

Al poco tiempo se le apareció el hada sin que ella la hubiera llamado.

-¿Por qué lloras? ¿No te he concedido los deseos que con tanta insistencia y afán me has requerido? Tuviste todo lo que ansiabas. Fiestas que todo mortal envidiaría fueron para ti.

-Lloro porque he perdido toda mi vida por una pocas noches de diversión. Ahora esos momentos pasaron y sólo me quedan recuerdos que me ponen triste. He perdido todo.

El hada la miró con ojos compasivos y tomándole las manos le dijo:

-Has ganado más que todo el oro del mundo. Ahora sabes, querida niña, que el tesoro más valioso de todos es ser niño porque cada día los niños se inventan una nueva fiesta  en su propio corazón.

Y la niña comprendió.

José Cruz

Profesor de Literatura.

UPEL-IPC

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