| Era otoño, y la zorra que vivía en una madriguera del
bosque, cada noche se atracaba de ratones, que eran muy gordos en aquella época del año,
y también un poco tontos, porque se dejaban cazar con facilidad.
A decir verdad, la zorra
hubiese preferido comerse alguna buena gallinita de tiernos huesecitos, pero hacia tiempo
que el guardián del gallinero era un perrazo poco recomendable, y había que contentarse
con to que el bosque ofrecía: ratones, ranas y algún lirón.
El caso es que una mañana
la zorra se despertó con cierta sequedad en la
garganta y con un vivo
deseo de comer algo refrescante distinto de su acostumbrada comida. Por ejemplo, un buen
racimo de uvas. Y llegaba hasta ella un rico olorcillo de uva moscatel.
"Bueno -dijo para sí
la zorra-. Hoy quiero cambiar. Después de tanta carne de ratón, me sentará bien un poco
de fruta."
Y se dirigió hacia la
parra cuyo aroma había percibido. Apretados racimos colgaban de ella. Había muchos,
pero...
"¡Que extraño!
-rezongó el animal-, no creí que estuvieran tan altos. De un buen salto los
alcanzaré." |