Los renacuajos se sorprendieron al oír hablar a su mamá en esa forma,
pues no comprendían por que el hombre atacaba animalitos útiles e indefensos.
Pasó el tiempo y los renacuajos se transformaron
en preciosas ranitas, cantadoras; "¡ Croac-cruíc. !"
Y chapoteaban en el río, retozonas, felices,
ensayando saltitos cada vez más largos. Parecían unas hojas frescas, observando con sus
ojos saltones y dorados el mundo que acababan de descubrir.
Pero una de las ranitas tenía mucha curiosidad
por lo que la rodeaba y escapó para explorar ese mundo nuevo. Así, paseó por las
riberas del rió y se adentró por los matorrales cercanos.
Quedó encantada de ver animales grandes y
pequeños cubiertos de pelos, de lana, de plumas y lisos y brillantes también. De pronto
pasaron junto a ella muchos animales que huían aterrorizados. El conejo apenas se detuvo
para aconsejarle que se ocultara, pues venía el hombre.
Estaba muy asustada. ¡Y tan lejos que estaba de
su río y de su familia! Se refugió en un escondrijo desde donde pudo ver que un niño
atrapaba animalitos y los mataba por maldad. Sintió miedo de que el niño la descubriera.
Y eso fue lo que sucedió. La ranita emitió un sonido que llamó la atención del niño,
Este la vio y trató de agarrarla, La ranita, desesperada, dio un gran salto hasta un pozo
cercano.
Pero no pudo salvarse, pues las aguas del pozo
estaban contaminadas y la pobre ranita murió allí.