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Cuentos |
| Yo soy el niño de la selva |
Yo soy el niño de la selva
de los que orgullosos se llaman Yekuana.
Porque somos dueños
de los grandes ríos
y de los raudales
del Orinoco
que nuestros padres
desde hace muchos siglos
navegan
en sus intrépidas curiaras
cortadas en el tronco de un árbol
que se abre lento
al compás paciente y obstinado
de las hachas de hierro
y del fuego voraz.
Ahora escúchame
te voy a contar
la historia de nuestra vida
Nuestro pueblo
es una inmensa casa
redonda
y
erguida en el medio del mundo
con el techo
tensado al cielo.
Su armazón de madera
elevada con sabiduría
nos enseña
de padres a hijos
el mundo de nuestros antepasados.
El palo central
es el soporte del firmamento.
Y las dos vigas
esbeltas y fuertes
que sostienen el techo
las llamamos
la Vía Láctea
que ilumina el cielo nocturno.
Cuando sea grande
orgulloso
me reuniré con mis amigos
en el recinto central
de nuestra morada común
donde nuestras madres y hermanas
en silencio
nos sirven las comidas y las bebidas porque ese espacio
es sólo nuestro.
Somos fuertes
pero
a veces
uno de los nuestros
se enferma.
Entonces el hombre sabio
iniciado duramente
en la soledad y el ayuno
se sienta en su banco-tigre
y con sus cantos
y la maraca sagrada
invoca a Wanadi
el que creó el universo
donde vivían solos los Yekuana.
En la casa redonda
el hombre de espalda contra el poste central
-la larga escalera que lleva al cielo-
cura por fin el mal
chupando la piedra
que enfermaba
Pasamos
las largas noches
mecidos
por el apacible vaivén
de nuestros chinchorros.
En silencio
escuchamos
a nuestros padres y a nuestros abuelos
que cuentan
las historias de antaño.
En el comienzo de los tiempos
cuando nuestro único alimento
era la tierra
el mono Kushu
supo que los habitantes del cielo
cultivaban la planta de yuca.
Sabiendo como nos acuciaba
el hambre
voló hacia el cielo supremo
donde descubrió el claro fecundo
Hurtó sigilosamente
la más bella de las matas de yuca
la escondió
debajo de sus uñas negras
y atravesó los cielos inferiores
hacia la tierra
donde sembró la raíz celeste
Desde ese día
nos saciamos
con los frutos generosos
que nos da ese Arbol de Vida
que sólo pueden sembrar
nuestras madres
quienes llevan en ellas
la vida, de nuestra tribu.
Hace mucho tiempo
hubo
dos águilas enormes
llamadas Dinoshi
que devoraban a todos los que vivían en nuestra tierra.
Entonces la serpiente de agua Kurene
acudió astuta y valiente
porque
de veras
nuestro miedo era muy grande.
Empuñando su cerbatana
untó los dardos con curare
ese veneno mortal que compramos
a nuestros vecinos Piaroa.
Cuando vio a las Dinoshi
disparó velozmente sus flechas
y atravesó las águilas de parte a parte.
En su vuelo de muerte
por el cielo ensangrentado
las rapaces dejaron
un surco de plumas
que se fueron
al garete de las nubes.
El cortejo emplumado se posó al fin
en nuestra tierra y se transformó en kurata
Con esta misma madera
fabricamos desde ese entonces
las finas cerbatanas
con las que nos acercamos
a nuestras presas desprevenidas
que cantan y cacarean
al amanecer.
Así cuentan
los que saben
Cuando nuestros padres regresan
de comercios lejanos
o
cuando nuestro pueblo termina
la construcción
de la casa redonda
festejamos nuestra alegría
bailando - cantando - bebiendo
dos - tres - cuatro días
sin parar
hasta vaciar
las curiaras
que nuestras madres
han llenado de bebida fermentada
Adornados de nuestros mas bellos collares de perlas
y nuestros guayucos escarlatas
la cara y el cuerpo pintados
con onoto
entramos en la ronda
al son
de las trompetas
las maracas y los tambores
y bailamos y giramos
en la noche pálida
de la selva
harta de sueño y silencio.
Conocemos los secretos
de los ríos
donde nos gusta nadar
llevados
como hojas traviesas
o contra la corriente
a ras del lecho de rocas.
Conocemos
el curso lejano de nuestros ríos
y hasta el número infinito
de sus meandros
esta grabado en nuestra memoria
que no tiene libros ni escritura.
A veces
el pueblo entero
se interna en la selva
a buscar troncos venenosos
que trituramos y arrojamos al agua Entonces los peces
grandes y pequeños
empiezan a flotar
sobre la corriente
asfixiados y tiesos.
Todos juntos volvemos al pueblo
alegres
y el estómago pesado de hambre.
Poco a poco se vuelve a poblar el río, empezando
por los cangrejos descarados
que siempre escapan
de nuestra pesca venenosa
Yo y mis compañeros de edad
a menudo vamos
a cazar y pescar
con cerbatana, arco y flechas
y redes.
La selva que rodea a nuestro pueblo
nos recibe
con los aleteos
de los frágiles picaflores.
El arco iris de las orquídeas
colgadas de los árboles
a lo largo del río
se refleja gracioso
en el agua furtiva.
Y grandes mariposas
color de cielo parten a tajos
el espacio susurrante de la selva
que a veces
se despierta
sobresaltada
por el llamado estrepitoso
que lanza una pareja
de guacamayas inseparables.
Suministrado por: Dra. Nelly Arvelo.
Antropóloga. IVIC.
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