MAGISTERIO DE LA IGLESIA

ARQUIDIÓCESIS DE CARACAS

 

 


SINODO DE 1971
DOCUMENTO FINAL (I)

EL SACERDOCIO MINISTERIAL

INTRODUCCIÓN

En los últimos años, sobre todo a partir del concilio Vaticano II, la Iglesia está experimentando un profundo movimiento de renovación, que debe ser continuado por todos los cristianos con gran gozo y fidelidad al evangelio. Se ve ahí, pues, actuando la virtud del Espíritu Santo para iluminar, corroborar y perfeccionar nuestra misión.
Toda renovación, en el verdadero sentido de la palabra, produce indudablemente beneficios de gran valor para la Iglesia. Y sabemos muy bien que, a raíz del reciente concilio, los sacerdotes se han sentido inflamados por un nuevo ardor y que ellos han contribuido notablemente a fomentar esta renovación con su solicitud cotidiana. Tenemos presente a tantos y tantos hermanos, fieles al ministerio, que transcurren contentos su vida consagrada a Dios, bien sea en países donde la Iglesia está sometida a duro yugo, bien sea en territorios de misión. Al mismo tiempo esta renovación lleva también consigo ciertas dificultades que notan todos los sacerdotes, tanto los obispos como los presbíteros.
En esta etapa de renovación, todos nosotros debemos escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del evangelio (cf. GS, 4), para que, aunando los esfuerzos, sepamos discernir los espíritus, si vienen de Dios, de modo que la unidad de misión de la Iglesia no quede oscurecida por las ambigüedades, ni la necesaria adaptación se vea obstaculizada por la excesiva uniformidad. Así experimentándolo todo y quedándose con lo bueno, la actual crisis puede ser una gran ocasión para incrementar la fe.
El santo Padre escogió como tema del sínodo de este año el ministerio sacerdotal, habida cuenta de su importancia. Muchas conferencias episcopales han tratado ya, antes del sínodo, este tema en unión de los presbíteros y en muchos casos también con los seglares. Al sínodo han sido invitados algunos presbíteros en calidad de auditores, con el fin de que presten su ayuda a los obispos, a la hora de tratar problemas de tanta importancia.
Hemos querido cumplir nuestro deber con la sencillez propia de los pastores que sirven a la Iglesia. Conscientes de nuestra responsabilidad en pro de la fraterna comunidad de la Iglesia, deseamos confirmar la fe de nuestros hermanos en el sacerdocio ministerial y de todos los cristianos, alentar su esperanza y fomentar su caridad. ¡Ojalá nuestras palabras sean de consuelo y renueven el gozo a todo el pueblo de Dios y a los sacerdotes consagrados a su servicio!

DESCRIPCIÓN DE LA SITUACIÓN

1. El alcance de la misión de la Iglesia fue ampliamente desarrollado por el concilio Vaticano II; más aún, sus relaciones con el mundo fueron objeto, sobre todo, de la constitución pastoral Gaudium et spes. Una consideración más detenida de esta materia ha dado grandes frutos; se ve con mayor claridad que la salvación no es una cosa abstracta o, como si dijéramos ahistórica, atemporal, sino algo que proviene de Dios y que debe penetrar todo el hombre y toda la historia de la humanidad y conducir a los mismos hombres libremente al reino de Dios, para que finalmente Dios sea todo en todas las cosas (1 Co 15, 28).
No obstante, como es fácil de comprender, han surgido también dificultades: algunos sacerdotes se sienten extraños a los movimientos que afectan a los grupos humanos y,al mismo tiempo, impreparados para resolver los problemas de mayor preocupación para los hombres. No pocas veces los problemas e inquietudes de los presbíteros nacen también del hecho de que, en su solicitud pastoral y misionera, deben afrontar la mentalidad moderna con métodos quizá ya trasnochados. En semejante situación se presentan graves problemas y muchos interrogantes, planteados, en primer lugar, por las dificultades reales que experimentan los presbíteros en el ejercicio de su ministerio, y no en un exacerbado espíritu de contestación o en egoístas preocupaciones personales (lo cual no deja de ser verdad en algunos casos). ¿Es posible animar a los seglares como si dijéramos, desde fuera? ¿Está suficientemente presente la Iglesia en ciertos grupos, sin la presencia activa del sacerdote? Si la condición propia del sacerdote es la de estar segregado de la vida del mundo, ¿no es preferible la condición del seglar? En las actuales circunstancias, ¿qué puede uno pensar del celibato sacerdotal de la Iglesia latina y de la vida espiritual propia del sacerdote que vive sumergido en el mundo?
2. No pocos sacerdotes, al experimentar dentro de sí mismos las contestaciones provocadas por la secularización del mundo, sienten la necesidad de santificar las actividades profanas ejerciéndolas directamente, y de introducir el fermento del evangelio en el curso de los acontecimientos. De modo similar va creciendo el deseo de cooperar con los esfuerzos colectivos de los hombres para la construcción de una sociedad más justa y fraterna. En un mundo donde aparecen las implicaciones políticas de casi todos los problemas, no faltan quienes creen indispensable la participación en la política, más aún, en la acción revolucionaria.
3. El concilio subrayó la preeminencia de la proclamación del evangelio, la cual debe arrastrar, por medio de la fe, a la plenitud de la celebración de los sacramentos; pero el pensamiento actual sobre el fenómeno religioso hace alimentar, en el ánimo de no pocos, dudas en torno al sentido del ministerio sacramental y cultual. En cambio, gran número de sacerdotes, que no padecen ninguna crisis de su identidad, se plantean este otro problema: ¿Qué métodos se deben emplear para que la práctica sacramental sea una expresión de fe, que penetre de verdad toda la vida personal y social, y para que el culto cristiano no quede falsamente reducido a un puro ritualismo externo.
Dada la extraordinaria atención que prestan los sacerdotes a la imagen que la Iglesia parece presentar de sí misma ante el mundo, y al mismo tiempo, profundamente conscientes de la singular dignidad de la persona humana, desean introducir un cambio en las relaciones entre las personas, entre éstas y las instituciones y en las estructuras mismas de la autoridad.
4. Las relaciones entre obispos y presbíteros, y de los mismos presbíteros entre sí, resultan tanto más difíciles, cuanto más se va diversificando el ejercicio del ministerio. La sociedad actual está muy dividida en grupos, con diversas formas de vida, los cuales exigen toda una variedad de especializaciones y formas apostólicas. De ahí nacen problemas que afectan a la fraternidad, a la unión y a la coherencia en el ministerio sacerdotal.
Afortunadamente, el reciente concilio ha vuelto a recordar la doctrina tradicional y fecunda sobre el sacerdocio común de los fieles (cf. LG, 10). Esto mismo, sin embargo, como por un movimiento pendular, ha dado origen a algunos problemas que parecen oscurecer la condición del ministerio sacerdotal dentro de la misma Iglesia y que causan una profunda desazón en el ánimo de algunos sacerdotes y fieles. Muchas actividades, por ejemplo, las catequéticas, las de administración dentro de las comunidades, más aún, las litúrgicas, que hasta ayer estaban reservadas a los presbíteros, son ejercidas hoy con mayor frecuencia por los seglares; mientras que, por otra parte, muchos sacerdotes, debido a los motivos ya aducidos, tratan de inserirse en la condición de vida de los seglares. Ante este hecho, nacen en algunos estas inquietantes preguntas: ¿Existe o no existe una razón específica del ministerio sacerdotal? ¿Es o no es necesario este ministerio? ¿Es permanente el sacerdocio? ¿Qué quiere decir hoy ser sacerdote? ¿No sería suficiente para el servicio de las comunidades poder contar con unos presidentes designados para servir al bien común, sin necesidad de recibir la ordenación sacerdotal, y que ejercieran su cargo temporalmente?
5. Se plantean otras cuestiones más graves aún, derivadas en parte de las investigaciones exegéticas e históricas, que revelan una crisis de confianza en la Iglesia. ¿No se habrá alejado demasiado de sus orígenes la Iglesia actual, para que pueda anunciar de manera creíble el primitivo evangelio a los hombres de nuestro tiempo? ¿Es posible, todavía, el acceso a la realidad de Cristo, después de tantas investigaciones críticas? ¿Conocemos bastante las estructuras esenciales de la Iglesia primitiva, hasta el punto de que puedan y deban ser consideradas como un esquema invariable para todos los siglos, incluso el nuestro?
6. Los problemas hasta aquí indicados, en parte nuevos y en parte ya conocidos desde antiguamente, pero planteados hoy bajo nuevas formas, no pueden ser comprendidos al margen del contexto total de la cultura moderna, que pone seriamente en duda su propio sentido y valor. Los nuevos recursos de la técnica suscitan una esperanza fundada demasiado en el entusiasmo, a la vez que una profunda inquietud. Uno se puede preguntar con toda razón si el hombre será capaz de dominar su propia obra y de encauzarla hacia el progreso.
Algunos, jóvenes sobre todo, han perdido la esperanza en el sentido de este mundo y buscan la salvación en sistemas puramente meditativos, en paraísos artificiales y marginales, rehuyendo el esfuerzo común de la humanidad.
Otros, animados por utópicas esperanzas sin alguna relación a Dios, se empeñan en la consecución de un estado de liberación total y trasladan del presente al futuro el sentido de toda su vida personal.
Con esto, quedan completamente desvinculadas acción y contemplación, trabajo y recreación, cultura y religión, aspecto inmanente y trascendente de la vida humana.
El mismo mundo espera vagamente la solución de este dilema, allanando así el camino para que la Iglesia pueda seguir anunciando el evangelio. En efecto, la única salvación total ofrecida a los hombres es el mismo Cristo, hijo de Dios e hijo del hombre, quien por la Iglesia se hace a sí mismo presente en la historia: él une inseparablemente la caridad inagotable de Dios para con los hombres que buscan el camino entre las sombras y el valor del amor humano, por el cual uno da la vida por sus amigos. En Cristo, y solamente en él, se une todo esto y en esta síntesis resplandece finalmente el sentido de la vida humana individual y social. Por consiguiente, no es que haya envejecido la misión de la Iglesia, cuerpo de Cristo, sino que más bien se revela de una gran actualidad para el presente y para el futuro: la Iglesia entera es testimonio y signo eficaz de esta unión, especialmente a través del ministerio sacerdotal. En efecto, la función propia del ministro en la Iglesia, es hacer presente el amor de Dios en Cristo para con nosotros mediante la palabra y el sacramento, y suscitar, al mismo tiempo, la comunión de los hombres con Dios y entre sí. Todo lo cual exige, ciertamente, que todos nosotros, especialmente quienes ejercen funciones sagradas, nos esforcemos cada día por renovarnos según el evangelio.
7. Sabemos que hay diversas partes del mundo donde no se ha sentido tanto hasta el presente este profundo cambio de la cultura y que las cuestiones puestas de relieve anteriormente no se plantean en todos los sitios, ni por todos los sacerdotes, ni bajo el mismo punto de vista. Pero como la comunicación entre los hombres y entre los pueblos se ha hecho hoy mucho más intensa y ha adquirido un ritmo más rápido, creemos que es bueno y oportuno considerar estas cuestiones a la luz de la fe y dar, con humildad y con fortaleza del Espíritu Santo, algunos principios aptos para encontrar respuestas más concretas. Aunque esta respuesta deba aplicarse diversamente según las circunstancias de cada región, tendrá, sin embargo, fuerza de verdad para todos los fieles y sacerdotes que se hallan en condiciones de mayor tranquilidad. Por esto y con el ardiente deseo de corroborar el testimonio de la fe, exhortamos fraternalmente a todos los fieles cristianos a que vean a Jesucristo viviente en su Iglesia y operante, singularmente por medio de sus ministros; llegarán así a la convicción de que la comunidad cristiana no puede cumplir plenamente su misión sin el sacerdocio ministerial. Sepan, por consiguiente, los sacerdotes que los obispos comparten de hecho sus inquietudes y desean participar aún más en ellas.
Movidos por este deseo, los padres del sínodo, en espíritu evangélico, siguiendo la doctrina del concilio Vaticano II y teniendo también presentes los documentos y alocuciones del sumo pontífice Pablo VI, quieren exponer brevemente algunas ideas fundamentales, hoy día más urgentes, de la doctrina de la Iglesia sobre el sacerdocio ministerial y algunas orientaciones de tipo pastoral.

I
PRINCIPIOS DOCTRINALES

1. Cristo, alfa y omega Jesucristo, Hijo y Verbo de Dios, al cual el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10, 36), marcado con la plenitud del Espíritu Santo (cf. Lc 4, 1; 18-21; Hch 10, 38), anunció al mundo el evangelio de la reconciliación entre Dios y los hombres. Su predicación profética, refrendada por los milagros, tuvo su momento culminante en el misterio pascual, suprema palabra del amor divino con que el Padre nos habló. En la cruz, de modo especial, Jesús se demuestra a sí mismo el buen pastor que da la vida por sus ovejas para congregarlas en esa unidad que tiene en él su consistencia (cf. Jn 10, 15 s.; 11, 52). Ejerciendo el sumo y único sacerdocio mediante su propia oblación, superó, dándoles cumplimiento, todos los sacerdocios rituales y los sacrificios del Antiguo Testamento, incluso los de los gentiles. En su sacrificio asumió las miserias y sacrificios de los hombres de todos los tiempos, más aún, asumió también las aspiraciones de quienes padecen por la justicia o que se ven agobiados cada día por una infeliz suerte, y los esfuerzos de quienes, abandonando el mundo, tratan de llegar a Dios por la ascesis y la contemplación, y los trabajos de quienes gastan su vida con corazón sincero por una sociedad mejor, presente y futura. Soportó en la cruz los pecados de todos nosotros; resucitando de entre los muertos y constituido Señor (cf. Flp 9, 9-11), nos reconcilió con Dios y puso los fundamentos del pueblo de la nueva alianza, que es la Iglesia.
El es el único mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús (1 Tm 2, 5), porque en él fueron creadas todas las cosas (Col 1, 16; cf. Jn 1, 3 s.) y en él se recapitulan todas las cosas (cf. Ef 1, 19). Siendo imagen del Padre y manifestación del Dios invisible (cf. Col 1, 15), por su anonadamiento y exaltación nos introdujo en la comunión del Espíritu Santo, que él mismo vive con el Padre.
Por consiguiente, cuando hablamos del sacerdocio de Cristo, es necesario tener presente este hecho único, incomparable, que incluye la función profética y real del Verbo de Dios encarnado.
Así Jesucristo significa y manifiesta de muchas maneras la presencia y la eficacia permanente del amor previo de Dios. El mismo Señor, con su influencia permanente en la Iglesia por medio del Espíritu Santo, suscita y promueve la respuesta de todos los hombres que se ofrecen a este amor gratuito.
2. El acceso a Cristo en la Iglesia
El acceso a la persona y al misterio de Cristo está siempre abierto en el Espíritu Santo por medio de las Escrituras, entendidas según la tradición viva de la Iglesia. Todas las Escrituras, especialmente el Nuevo Testamento, han de ser interpretadas como íntimamente unidas y coordinadas entre sí por una única inspiración. Y los libros del Nuevo Testamento no son de valor tan distinto, como para que algunos de ellos puedan ser considerados cual meras creaciones muy posteriores.
La relación personal e inmediata con Cristo en la Iglesia debe representar para el fiel de hoy el sustento de toda su vida espiritual.
3. La Iglesia fundada por Cristo a través de los apóstoles
La Iglesia, cuya edificación había anunciado Cristo sobre Pedro, fue fundada por él sobre los apóstoles (cf. LG, 18), en los cuales se manifiesta ya un doble aspecto de ella: en el colegio de los doce apóstoles existe ya la comunión en el Espíritu y el origen del ministerio jerárquico (cf. AG, 5). Por esto los escritos del Nuevo Testamento hablan de la Iglesia fundada sobre los apóstoles (cf. Ap 21, 14; cf. Mt 16, 18), lo cual fue expresado brevemente por la antigua tradición de la siguiente manera: “Las Iglesias de los apóstoles, los apóstoles de Cristo, Cristo de Dios”
Por tanto la Iglesia, fundada sobre los apóstoles, enviada al mundo y peregrina en él, ha sido instituida para ser el sacramento de la salvación que desde Dios llega hasta nosotros en Cristo. En ella Cristo está presente y operante como salvador del mundo, de tal manera que se correspondan entre sí el amor ofrecido por Dios a los hombres y la respuesta de éstos. El Espíritu Santo suscita en la Iglesia y por medio de ella impulsos de generosa libertad, mediante los cuales el hombre participa en la misma obra de la creación y redención.
4. Origen y razón de ser del ministerio jerárquico
La Iglesia constituida mediante el don del Espíritu con una trabazón orgánica, participa de diversos modos las funciones de Cristo sacerdote, profeta y rey, para que en nombre suyo y con su poder pueda llevar a cabo, como pueblo sacerdotal (cf. LG, 10), la misión de salvación.
Por los escritos del Nuevo Testamento aparece claro que a la estructura original inalienable de la Iglesia pertenecen el apóstol y la comunidad de los fieles, unidos entre sí por una mutua conexión, bajo Cristo cabeza y bajo el influjo de su Espíritu. Los doce apóstoles ejercieron, pues, su misión y sus funciones y “no sólo tuvieron varios colaboradores en el ministerio” (cf. Hch 6, 2-6; 11, 30; 13, 1; 14, 23; 20, 17; 1 Ts 5, 12-13: Flp 1, 1; Col 4, 11 s.), sino que, con el fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron, a modo de testamento a sus inmediatos colaboradores, el encargo de perfeccionar y confirmar la obra comenzada por ellos (cf. Hch 20, 25-27; 2 Tm 4, 6; 1 Tm 5, 22; 2 Tm 2, 2; Tt 1, 5; Clemente Romano, Ad Cor 44, 3); encomendándoles que atendieran a toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hch 20, 28). Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio (cf. Clemente Romano, Ad Cor 44, 2; LG, 20).
Las cartas de san Pablo demuestran que él mismo era consciente de obrar en virtud de la misión y del mandato de Cristo (cf. 2 Co 5, 18 s.). Los poderes, confiados al apóstol en favor de las Iglesias, eran entregados en cuanto comunicables a otros varones (cf. 2 Tm 1, 6), los cuales a su vez quedaban obligados a entregarlos de nuevo (cf. Tit 1, 5).
Aquella estructura esencial de la Iglesia, constituida por la grey y los pastores expresamente designados (cf. 1 Pe 5, 1-4), fue siempre y sigue siendo normativa, en conformidad con la tradición de la misma Iglesia; mediante tal estructura se logra que la Iglesia no pueda quedar nunca cerrada en sí misma y que esté siempre orientada a Cristo como a su origen y cabeza.
Entre los diversos carismas y servicios, únicamente el ministerio sacerdotal del Nuevo Testamento, que continúa el ministerio de Cristo mediador y es distinto del sacerdocio común de los fieles por su esencia y no sólo por grado (cf. LG, 10), es el que hace perenne la obra esencial de los apóstoles: en efecto, proclamando eficazmente el evangelio, reuniendo y guiando la comunidad, perdonando los pecados y, sobre todo, celebrando la Eucaristía, hace presente a Cristo, cabeza de la comunidad, en el ejercicio de su obra de redención humana y de perfecta glorificación a Dios.
Los obispos, pues, y en grado ciertamente subordinado los presbíteros, en virtud del sacramento del orden que confiere la unción del Espíritu Santo y los configura a Cristo (cf. PO, 2), se hacen partícipes de las funciones de santificar, enseñar y regir, cuyo ejercicio es determinado más en concreto por la comunión jerárquica (cf. LG, 24, 27 y 28).
El ministerio sacerdotal alcanza su punto culminante en la celebración de la sagrada Eucaristía, que es la fuente y el centro de la unidad de la Iglesia. Sólo el sacerdote puede actuar in persona Christi para presidir y realizar el banquete sacrificial, en el cual el pueblo de Dios se asocia a la oblación de Cristo (cf. LG, 28).
El sacerdote es el signo del designio previo de Dios, proclamado y hecho eficaz hoy en la Iglesia. El mismo hace sacramentalmente presente a Cristo, salvador de todo el hombre, entre los hermanos, no sólo en su vida personal, sino también social. Es fiador tanto de la inicial proclamación del evangelio para congregar la Iglesia, como de la incansable renovación de la Iglesia ya consagrada. Faltando la presencia y la acción del ministerio, que se recibe por la imposición de manos acompañada de la oración, la Iglesia no puede estar plenamente segura de su fidelidad y de su visible continuidad.
5. Permanencia del sacerdocio
Por la imposición de manos se comunica el don imperecedero del Espíritu Santo (cf. 2 Tm 1, 6). Esta realidad configura y consagra el ministro ordenado a Cristo sacerdote (cf. PO, 2) y le hace partícipe de la misión de Cristo en su doble aspecto, a saber, de autoridad y de servicio. Esa autoridad no es propia del ministro: es una manifestación exousiae (es decir, de la potestad) del Señor, en razón de la cual el sacerdote cumple una misión de enviado en la obra escatológica de la reconciliación (cf. 2 Co 5, 18-20). El mismo está al servicio de la conversión de las libertades humanas hacia Dios, para edificación de la comunidad cristiana.
La permanencia de esta realidad que marca una huella para toda la vida -doctrina de la fe conocida en la tradición de la Iglesia con el nombre de carácter sacerdotal-, demuestra que Cristo asoció a sí irrevocablemente la Iglesia para la salvación del mundo y que la misma Iglesia está consagrada definitivamente a Cristo para cumplimiento de su obra. El ministro, cuya vida lleva consigo el sello del don recibido por el sacramento del orden, recuerda a la Iglesia que el don de Dios es definitivo. En medio de la comunidad cristiana que vive del Espíritu, y no obstante sus deficiencias, es prenda de la presencia salvífica de Cristo.
Esta peculiar participación en el sacerdocio de Cristo no desaparece de ningún modo, aunque el sacerdote sea dispensado o removido del ejercicio del ministerio por motivos eclesiales o personales.
6. Al servicio de la comunión
El sacerdote, por más que su ministerio se ejerza dentro de una comunidad particular, sin embargo no puede estar centrado exclusivamente en un grupo singular de fieles. Su ministerio tiende siempre a la unidad de toda la Iglesia y a congregar en ella todas las gentes. Cualquier comunidad singular de fieles tiene necesidad de la comunión con el obispo y con la Iglesia universal. De este modo el ministerio sacerdotal es también esencialmente comunitario en torno al presbiterio y con el obispo, el cual, conservando la comunión con el sucesor de Pedro, forma parte del colegio episcopal. Esto vale también para los sacerdotes que no están dedicados al servicio inmediato de una comunidad o para aquellos que trabajan en territorios lejanos y aislados. Los religiosos sacerdotes están asociados igualmente, de manera indisoluble, a la misión eclesial orgánica, en el contexto de la finalidad peculiar y de las estructuras del propio instituto.
Toda la vida y la actividad del sacerdote ha de estar impregnada por el espíritu de la catolicidad, es decir, por el sentido de la misión universal de la Iglesia, de manera que conozca con complacencia todos los dones del Espíritu, les abra el campo de su libertad y los oriente al bien común.
Siguiendo el ejemplo de Cristo, los sacerdotes han de fomentar entre sí y con el obispo, la fraternidad, fundada en la ordenación y en la unidad de misión, para que su testimonio sacerdotal se haga más creíble.
7. El sacerdote y las realidades temporales
Cualquier iniciativa verdaderamente cristiana se orienta a la salvación de los hombres, la cual, siendo de índole escatológica, abarca también las realidades temporales: toda realidad de este mundo ha de ser sometida al dominio de Cristo, lo cual no significa sin embargo que la Iglesia reivindique para sí una competencia técnica en el orden secular, menospreciando su autonomía.
La misión propia del sacerdote, como también de la Iglesia, que Cristo le ha confiado, no es de orden político, económico o social, sino religioso (cf. GS, 42); sin embargo, dentro de la línea de su ministerio, puede contribuir mucho a la instauración de un orden secular más justo, sobre todo allí donde los problemas humanos de la injusticia y de la opresión son más graves; pero conservando siempre la comunión eclesial y excluyendo la violencia de la palabra y de los hechos, como no evangélica.
En verdad la palabra del evangelio, que él mismo anuncia en nombre de Cristo y de la Iglesia, y la gracia eficaz de la vida sacramental, que administra, deben liberar al hombre de sus egoísmos personales y sociales y promover entre los hombres las condiciones de justicia, que sean signo de la caridad de Cristo presente entre nosotros (cf. GS, 58, al final).


II
ORIENTACIONES PARA LA VIDA Y EL
MINISTERIO DEL SACERDOTE


Considerando la misión sacerdotal a la luz del misterio de Cristo y de la comunión de la Iglesia, los padres de este sínodo, unidos al romano pontífice, conscientes de las inquietudes que experimentan los obispos y presbíteros por las dificultades que experimentan hoy en el ejercicio de su función común, ofrecen las siguientes orientaciones, con el objeto de aclarar algunas cuestiones y darles nuevos ánimos.

I. LOS PRESBITEROS EN LA MISION DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

1. Misión: evangelización y vida sacramental
a) “Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y orientación, son segregados en cierto modo en el seno del pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la cual el Señor los llama” (PO, 3). Los presbíteros encuentran por tanto su identidad viviendo plenamente la misión de la Iglesia y ejerciéndola de diversos modos en comunión con todo el pueblo de Dios como pastores y ministerios del Señor en el Espíritu, para completar con su obra el designio de salvación en la historia. “Porque los presbíteros comunicando con Cristo cabeza por su propio ministerio -que consiste sobre todo en la Eucaristía, la cual perfecciona la Iglesia- y llevando a otros a la misma comunión, no pueden menos de sentir cuánto falta aún para la plenitud del cuerpo, y cuánto, por tanto, hay que trabajar para que vaya creciendo cada día” (AG, 39).
b) Los presbíteros son enviados a todos los hombres y su misión debe comenzar por la predicación de la palabra de Dios. “Los presbíteros... tienen como deber primero el de anunciar a todos el evangelio de Dios... Porque por la palabra de salvación se suscita la fe en el corazón de los que no creen y se nutre en el corazón de los fieles” (PO, 4). La evangelización está ordenada a que “todos, una vez hechos hijos de Dios en la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor” (SC, 10). El ministerio de la palabra rectamente entendido, lleva a los sacramentos y a la vida cristiana, tal como se practica en la comunidad visible de la Iglesia y en el mundo.
En efecto, los sacramentos se celebran conjuntamente con la proclamación de la palabra de Dios y de esta manera desarrollan la fe, corroborándola con la gracia. Por lo tanto, no se pueden menospreciar los sacramentos, ya que por medio de ellos la palabra consigue su efecto más pleno, es decir, la comunión del misterio de Cristo. Más aún, los sacerdotes ejerzan su misión de tal manera que los fieles “reciban con la mayor frecuencia posible aquellos sacramentos que han sido instituidos para alimentar la vida cristiana” (SC, 59).
La evangelización permanente y la ordenada vida sacramental de la comunidad exigen por su naturaleza la diaconía de la autoridad, esto es, el servicio de la unidad y la presidencia de la comunidad en la caridad. De este modo aparece manifiesta la recíproca relación existente entre la evangelización y la celebración de los sacramentos en la misión de la Iglesia. La separación de ambas dividiría el corazón mismo de la Iglesia, hasta poner en peligro la fe; y el presbítero, que está destinado al servicio de la unidad dentro de la comunidad, deformaría gravemente su ministerio.
La unidad entre evangelización y vida sacramental es siempre propia del sacerdocio ministerial y debe ser muy tenida en cuenta por todo presbítero. La aplicación de este principio a la vida y al ministerio de cada uno debe ser hecha con discreción, pues el ejercicio del ministerio sacerdotal debe ramificarse en la práctica, con el fin de responder mejor a las situaciones peculiares o nuevas en que ha de ser anunciado el evangelio.
c) Aunque la pedagogía de la fe exige que el hombre sea iniciado gradualmente en la vida cristiana, sin embargo el evangelio debe ser siempre íntegramente anunciado al mundo por la Iglesia. Todo presbítero participa en la especial responsabilidad de predicar toda la palabra de Dios y de interpretarla según la fe de la Iglesia.
La proclamación de la palabra de Dios, que es el anuncio de las maravillas realizadas por Dios en virtud del Espíritu y la vocación de los hombres a participar en el misterio pascual y a introducirlo como fermento en la historia concreta de los hombres, es una acción de Dios mediante la cual la virtud del Espíritu congrega la Iglesia interna y externamente. El ministro de la palabra prepara paciente y fielmente, mediante la evangelización, los caminos del Señor, conformándose a las diversas condiciones de la vida de las personas y de los pueblos que se van desenvolviendo más o menos rápidamente.
Impulsada por la necesidad de considerar los aspectos ya personales ya sociales del anuncio evangélico para responder a la vez a los interrogantes más fundamentales de los hombres (cf. CD, 13), la Iglesia no sólo predica la conversión de cada hombre a Dios, sino también por su parte, a modo de conciencia de la sociedad, habla a la sociedad misma y ejerce en torno a ella una función profética, preocupándose siempre por su propia renovación.
Por lo que se refiere a las experiencias de la vida, tanto de los hombres en general como de los presbíteros, que hay que tener siempre presentes e interpretarlas a la luz del evangelio, ellas no pueden ser ni la sola ni la principal norma de predicación.
d) La salvación que se realiza por los sacramentos, no proviene de nosotros sino de lo alto, de Dios; lo cual demuestra la primacía de la acción de Cristo, único sacerdote y mediador, en su cuerpo que es la Iglesia.
Siendo los sacramentos realmente sacramentos de la fe (SC, 59), exigen a todo cristiano, que tenga uso de razón, la participación consciente y libre. De ahí la gran importancia que tienen la preparación y la disposición de la fe para quien recibe los sacramentos; de ahí también la necesidad del testimonio de la fe por parte del ministro en toda su vida, sobre todo en la manera de estimar y celebrar los mismos sacramentos.
Ha sido confiado a los obispos y, en los casos establecidos por el derecho, a las conferencias episcopales, la función de promover autorizadamente, conforme a las normas de la santa sede, la actividad pastoral y la renovación litúrgica, más adaptadas a cada región, y también determinar los criterios a seguir en la admisión a los sacramentos. Estos criterios, que han de ser aplicados por los presbíteros, deben ser explicados también a los fieles de manera que quien pide un sacramento sea más consciente de la propia responsabilidad.
Los presbíteros, conscientes de su misión de reconciliar a todos los hombres en el amor de Cristo y atentos a los peligros de escisiones, pongan todo el interés, con gran prudencia y caridad pastoral, en la formación de comunidades animadas de celo apostólico, que hagan presente en todas partes el espíritu misionero de la Iglesia. Las pequeñas comunidades, que no se contraponen a la estructura parroquial o diocesana, deben ser inseridas en la comunidad parroquial y diocesana de manera que sean en medio de ellas como el fermento del espíritu misionero. La necesidad de encontrar formas aptas para que el anuncio evangélico llegue eficazmente a todos los hombres en las diversas situaciones, da lugar al ejercicio multiforme de ministerios inferiores al presbiterado.
2. Actividades profanas y políticas
a) El ministerio sacerdotal, aun si se compara con otras actividades, no sólo ha de ser considerado como una actividad humana plenamente válida, sino también más excelente que las demás, aunque este rico valor sólo se puede comprender plenamente a la luz de la fe. Por esta razón se debe dar al ministerio sacerdotal, como norma ordinaria, tiempo pleno. Por tanto, la participación en las actividades seculares de los hombres no puede fijarse de ningún modo como fin principal, ni puede bastar para reflejar toda la responsabilidad específica de los presbíteros. Estos, sin ser del mundo y sin tener el mundo como ejemplo deben sin embargo vivir en el mundo (cf. PO, 3, 17; Jn 17, 14-16) como testigos y dispensadores de otra vida distinta de esta vida terrena (cf. PO, 3).
Para poder determinar en las circunstancias concretas la conformidad entre las actividades profanas y el ministerio sacerdotal, es necesario preguntarse si tales funciones y actividades sirven, y en qué modo, no sólo a la función de la Iglesia, sino también a los hombres, aun a los no evangelizados, y finalmente a la comunidad cristiana, a juicio del obispo del lugar con su presbiterio, consultando, si es necesario, la conferencia episcopal.
Cuando estas actividades, que de ordinario competen a los seglares, son exigidas en cierto modo por la misma misión evangelizadora del presbítero, se requiere que estén de acuerdo con las otras actividades ministeriales, ya que en tales circunstancias pueden ser consideradas como modalidades necesarias del verdadero ministerio (cf. PO, 8).
b) Los presbíteros, juntamente con toda la Iglesia, están obligados, en la medida de sus posibilidades, a adoptar una línea clara de acción cuando se trata de defender los derechos humanos, de promover integralmente la persona y de trabajar por la causa de la paz y de la justicia, con medios siempre conformes al evangelio. Todo esto tiene valor no solamente en el orden individual sino también en el social; por lo cual los presbíteros han de ayudar a los seglares a formarse una recta conciencia propia.
En aquellas circunstancias en que se presentan legítimamente diversas opciones políticas, sociales o económicas, los presbíteros, como todos los ciudadanos, tienen el derecho de asumir sus propias opciones. Pero como las opciones políticas son contingentes por naturaleza y no expresan nunca total, adecuada y permanentemente el evangelio, el presbítero, testigo de las cosas futuras, debe mantener cierta distancia de cualquier cargo o empeño político.
Para seguir siendo un signo válido de la unidad y para poder anunciar el evangelio en toda su plenitud, el presbítero puede ser obligado en alguna ocasión a abstenerse del ejercicio de su derecho en este campo. Más aún, hay que procurar que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima y que se convierta en motivo de división entre los fieles. No olviden los presbíteros la madurez de los seglares, que ha de tenerse en gran estima cuando se trata de su campo específico.
El asumir una función directiva (leadership) o “militante” activamente en un partido político, es algo que debe excluir cualquier presbítero a no ser que, en circunstancias concretas y excepcionales, lo exija realmente el bien de la comunidad, obteniendo el consentimiento del obispo, consultado el consejo presbiteral y -si el caso lo requiere- también la conferencia episcopal.
Por tanto, hay que tener siempre presente la prioridad de la misión específica que empeña toda la existencia de los presbíteros, de manera que ellos mismos, adquiriendo con gran confianza una experiencia renovada de las cosas de Dios, puedan anunciarlas eficaz y gozosamente a los hombres que las esperan.
3. Vida espiritual de los presbíteros
El sacerdote encontrará en su vocación y en su ministerio la razón íntima para encauzar toda su vida en la unidad y en el vigor del espíritu. El presbítero ha sido llamado, como también los demás bautizados, a conformarse a Cristo (Rm 8, 29); más aún, como los doce, participa de modo especial en la vida íntima con Cristo y en su misión como pastor supremo: “Y designó a doce para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). Por tanto, no cabe en la vida sacerdotal un corte entre el amor a Cristo y el celo por las almas.
Así como Cristo, ungido por el Espíritu Santo, se sintió impulsado por su amor íntimo hacia el Padre a dar la propia vida por los hombres, así también el presbítero, consagrado por el Espíritu Santo y suficientemente configurado con Cristo sacerdote, se entrega a la obra del Padre llevada a cabo por el Hijo. Por consiguiente, la norma de la vida sacerdotal queda expresada en las palabras de Jesús: “Y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19).
A ejemplo, pues, de Cristo, que estaba continuamente en oración, y guiados por el Espíritu Santo, en el cual clamamos “Abba, Padre”, los presbíteros deben entregarse a la contemplación del Verbo de Dios y aprovecharla cada día como una ocasión favorable para reflexionar sobre los acontecimientos de la vida a la luz del evangelio, de manera que, convertidos en oyentes fieles y atentos del Verbo, logren ser ministros veraces de la palabra; sean asiduos en la oración personal, en la recitación de la liturgia de las horas, en la recepción frecuente del sacramento de la penitencia y, sobre todo, en la devoción al misterio eucarístico. Esta celebración de la Eucaristía, aun cuando se haga sin participación de fieles, sigue siendo, sin embargo, el centro de la vida de toda la Iglesia y el corazón de la existencia sacerdotal.
Con el pensamiento puesto en las cosas celestiales y sintiéndose partícipe de la comunión de los santos, el presbítero mire con frecuencia a María, madre de Dios, que recibió con fe perfecta al Verbo de Dios y le pida cada día la gracia de conformarse a su Hijo.
Las actividades del apostolado ofrecen, por su parte, el alimento indispensable para fomentar la vida espiritual del presbítero: “desempeñando el oficio del buen pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción (PO, 14). El presbítero, pues, en el ejercicio de su ministerio es iluminado y alentado por la acción de la Iglesia y el ejemplo de los fieles. Las renuncias que impone la misma vida pastoral lo ayudan a conseguir una participación cada vez más profunda de la cruz de Cristo y, por consiguiente, una caridad pastoral más pura.
La misma caridad de los presbíteros será determinante también para acomodar su vida espiritual a los modos y las formas de santificación que son más aptas y más adaptadas a los hombres de la propia época y de la propia cultura. Deseando hacerse todo a todos, para salvarlos a todos (cf. 1 Co 9, 22), el sacerdote debe estar atento al soplo del Espíritu Santo en estos tiempos. Así, no sólo anunciará la palabra de Dios con empeño humano, sino que será asumido como un instrumento válido por el mismo Verbo, cuya palabra es “eficaz y tajante más que una espada de dos filos” (Hb 4, 12).
4. Celibato
a) Fundamento del celibato
El celibato de los sacerdotes está totalmente de acuerdo con la vocación al seguimiento apostólico de Cristo y con la respuesta incondicional de la llamada, que asume el servicio pastoral. Por el celibato el sacerdote, siguiendo a su Señor, se muestra más plenamente disponible y, comprendiendo el camino de la cruz con gozo pascual, desea ardientemente consumarse en una ofrenda que puede compararse en cierto modo a la Eucaristía.
Si además el celibato es vivido en el espíritu del evangelio, en la oración y vigilancia, con pobreza, alegría, desprecio de los honores, con amor fraterno, es un signo que no puede permanecer escondido largo tiempo, sino que proclama eficazmente a Cristo ante los hombres de nuestro tiempo. En efecto, hoy se concede poco valor a las palabras; en cambio, el testimonio de vida que manifiesta el carácter radical del evangelio, tiene una gran fuerza de atracción.
b) Convergencia de motivos
El celibato, como opción personal, por un bien mayor incluso de orden meramente natural, puede promover la plena madurez e integración de la personalidad humana; con mayor razón esto vale para el celibato elegido por el reino de los cielos, como aparece claro en la vida de tantos santos y fieles que, viviendo una vida célibe por Dios y por los hombres, se han entregado plenamente a promover el progreso humano y cristiano.
En la cultura actual, donde los valores del espíritu están tan apagados, el sacerdote célibe está insinuando la presencia del Dios absoluto, que nos invita a renovarnos a su imagen. Por otra parte, cuando el valor de la sexualidad se exagera tanto que el genuino amor cae en el olvido, el celibato por el reino de Cristo es para los hombres una llamada a la sublimidad del amor fiel y esclarece el sentido supremo de la vida.
Más aún, con razón se habla sobre el valor del celibato en cuanto signo escatológico. El sacerdote célibe, superando todo valor humano contingente, se asocia de manera especial a Cristo como bien último y absoluto, y manifiesta anticipadamente la libertad de los hijos de Dios. Admitido plenamente el valor del signo y santidad del matrimonio cristiano, el celibato por el reino pone de manifiesto más claramente aquella fecundidad espiritual o virtud generadora de la nueva ley, por la cual el apóstol es consciente de ser en Cristo padre y madre de sus comunidades.
En este peculiar seguimiento de Cristo, el sacerdote halla las mejores energías para edificar la Iglesia; estas energías no pueden conservarse ni aumentarse sino en unión íntima y permanente con su Espíritu. El pueblo fiel de Dios quiere ver y puede discernir en sus pastores esta unión con Cristo.
Por medio del celibato, los sacerdotes pueden servir más fácilmente a Dios con un corazón no dividido y darse por sus ovejas, de manera que puedan ser más plenamente promotores de la evangelización y de la unidad dentro de la Iglesia. De este modo los sacerdotes, aunque sean menos, pero con tal de que resplandezcan por este preclaro testimonio de vida, gozarán de una mayor fecundidad apostólica.
El celibato sacerdotal es además testimonio no sólo de una persona, sino que, por razón de la comunión peculiar que vincula a los miembros del presbiterio entre sí, reviste también un aspecto social en cuanto testimonio de todo el orden sacerdotal que está destinado a enriquecer el pueblo de Dios.
c) En la Iglesia latina ha de ser conservado el celibato
Quedan a salvo las tradiciones de las Iglesias orientales, tal como están en vigor actualmente en los distintos territorios.
La Iglesia tiene el derecho y el deber de determinar la forma concreta del ministerio sacerdotal, y por tanto, también de escoger los candidatos más aptos, dotados de ciertas cualidades humanas y sobrenaturales. Cuando la Iglesia latina exige el celibato como condición indispensable para el sacerdocio (cf. PO, 16), no lo hace porque piense que este modo de vida sea el único camino para conseguir la santificación. Lo hace teniendo en cuenta seriamente la forma concreta de ejercer el ministerio en la comunidad para edificación de la Iglesia.
Dada la íntima y multiforme coherencia existente entre la misión pastoral y la vida célibe, se mantiene la ley vigente: en efecto, quien libremente quiere la disponibilidad total, nota distintiva de esta misión, acepta también libremente la vida célibe. El candidato debe sentir esta forma de vida no como algo impuesto desde fuera, sino más bien como la manifestación de su libre donación, que es aceptada y ratificada por la Iglesia a través del obispo. De este modo la ley se convierte en tutela y defensa de la libertad con la que el sacerdote se da a Cristo, y resulta como un “yugo suave”.
d) Condiciones favorables al celibato
Sabemos perfectamente que en el mundo actual asedian por todas partes al celibato dificultades peculiares que, por lo demás, ya experimentaron muchas veces los sacerdotes a través de los siglos.
Los presbíteros pueden superar estas dificultades, si se promueven las condiciones aptas, es decir: el incremento de la vida interior mediante la oración, la abnegación, la caridad ardiente hacia Dios y hacia el prójimo, y los demás medios de la vida espiritual; el equilibrio humano mediante la ordenada incorporación al campo complejo de las relaciones sociales; el trato fraterno y los contactos con los otros presbíteros y con el obispo, adaptando mejor para ello las estructuras pastorales y también con la ayuda de la comunidad de los fieles.
Realmente hay que confesar que el celibato, en cuanto don de Dios, no puede ser observado, si el candidato no está debidamente preparado. Ya desde el comienzo es necesario que los candidatos consideren atentamente las razones positivas para abrazar el celibato, sin que se dejen inquietar por aquellas objeciones, cuya acumulación y continua presión denuncian más bien que su valor genuino ha sido puesto en peligro. No olviden tampoco que el poder confortador de Dios no faltará nunca a quienes deseen servirlo con total fidelidad.
El sacerdote que deja el ejercicio del ministerio sea tratado equitativa y fraternalmente; pero, aunque pueda colaborar en el servicio de la Iglesia, no sea admitido al ejercicio de actividades sacerdotales.
e) Ley del celibato
La ley del celibato sacerdotal, vigente en la Iglesia latina, debe ser mantenida íntegramente.
f) Ordenación de hombres casados
Dos fórmulas han sido propuestas al voto de los padres:
Fórmula A: Quedando siempre a salvo el derecho del sumo pontífice, no se admite, ni siquiera en casos particulares, la ordenación presbiteral de hombres casados.
Fórmula B: Compete sólo al sumo pontífice, en casos particulares, por necesidades pastorales, teniendo en cuenta el bien universal de la Iglesia, conceder la ordenación presbiteral de hombres casados, que sean, sin embargo, de edad madura y de vida honesta.

II. LOS PRESBITEROS EN LA COMUNION DE LA IGLESIA

1. Relaciones entre los presbíteros y el obispo
Los sacerdotes serán tanto más fieles a su misión cuanto más fieles se sepan y se presenten ante la comunidad eclesial. Así el ministerio pastoral, que es ejercido por los obispos, los presbíteros y los diáconos, se convierte dentro de la Iglesia en un signo eminente de esta comunión eclesial, en cuanto ellos han recibido un mandato peculiar de servir a tal comunión.
Pero para que este ministerio sea de verdad un signo de comunión, han de ser tenidas muy en cuenta las condiciones concretas en que se ejerce.
El principio directivo expresado por el concilio Vaticano II en el decreto Presbyterorum ordinis, en virtud del cual la misma unidad de consagración y de misión requiere la comunión jerárquica de los presbíteros con el orden de los obispos, se considera fundamental para restaurar o renovar prácticamente, con plena confianza, las mutuas relaciones entre el obispo y el presbiterio, que preside el mismo obispo. Este principio ha de ser aplicado de modo concreto, principalmente, mediante la solicitud de los obispos.
El servicio de la autoridad, por una parte, y el ejercicio de la obediencia no meramente pasiva, por otra, deben llevarse con caridad mutua, con filial y amistosa confianza, con diálogo constante y paciente, de manera que la colaboración y la sincera cooperación responsable de los presbíteros con el obispo resulte sincera, humana y sobrenatural al mismo tiempo (cf. LG, 28; CD, 15; PO, 7).
Por lo demás, la libertad personal en correspondencia a la propia vocación y a los carismas recibidos de Dios y, al mismo tiempo, la solidaridad común ordenada al servicio de la comunidad y para el bien común a realizar, son dos condiciones que deben configurar la modalidad propia de la acción pastoral de la Iglesia (PO, 7); fiadora de tales condiciones es la autoridad del obispo, que ha de ser ejercida con espíritu de servicio.
El consejo presbiteral, diocesano por naturaleza, es una forma de manifestar institucionalmente la fraternidad entre los sacerdotes, fundada en el sacramento del orden.
La actividad de este consejo no puede ser plenamente delineada por la legislación; su eficacia depende, sobre todo, del continuo empeño por escuchar las opiniones de todos para llegar a un acuerdo con el obispo, a quien compete tomar la decisión final.
Si todo esto se hace con la mayor sinceridad y humildad, superando todo tipo de unilateralidad, se podrá llegar con mayor facilidad a proveer al bien común.
El consejo presbiteral es una institución dentro de la cual los presbíteros, dado el continuo aumento de la variedad, se hacen conscientes de que deben completarse mutuamente en el servicio a la única e idéntica misión de la Iglesia.
A él compete, entre otras cosas, señalar objetivos claros y bien definidos, establecer las relativas prioridades, identificar métodos de acción, impulsar todo aquello que el Espíritu suscita habitualmente por medio de los individuos y los grupos, fomentar la vida espiritual, de manera que se pueda lograr más fácilmente la necesaria unidad.
Se deben ir buscando nuevas formas de comunión jerárquica entre obispos y presbíteros (cf. PO, 7), para que haya un intercambio más amplio de las Iglesias locales entre sí; y hay que buscar los modos de colaboración de los presbíteros con los obispos en los organismos y en las iniciativas a nivel supra-diocesano.
Es necesaria la colaboración de los presbíteros religiosos con el obispo en el presbiterio, aunque su labor constituye una valiosa ayuda en el servicio a la Iglesia universal.
2. Relaciones de los presbíteros entre sí
Estando los presbíteros vinculados entre sí por la íntima fraternidad sacramental y por la misión, y siendo colaboradores activos de una misma obra, es necesario fomentar entre ellos una cierta comunidad de vida o tipo de convivencia, que puede revestir diversas formas incluso no institucionales; todo lo cual debe estar previsto por el derecho con normas oportunas y renovando o introduciendo nuevas estructuras pastorales.
Deben fomentarse también las asociaciones sacerdotales, las cuales, en espíritu de comunión eclesial y reconocidas por la competente autoridad eclesiástica, traten de promover los fines propios de su función y también “la santidad en el ejercicio del ministerio” (PO, 8).